Crepitar

Quema del libro Raíz de la unidad, obra impresa donde William Contreras (izq.) reseñaba la obra de Beatriz Eugenia Díaz (der.). Evento integrante del Proyecto de Muerte (Espacio Art Versus, 1 de diciembre de 2016, Bogotá).

la mente miente, asume más de lo que cuenta…

William Contreras

También el Área de Artes Visuales del Ministerio de Cultura publica libros. Muchos. Casi nunca se sabe qué sucede con ellos o si sirven para algo distinto lanzarse una y otra vez. De hecho, el incremento de ese catálogo se dio en la más reciente Feria del libro de Bogotá, donde se presentaron dos publicaciones para la indiferencia lectora: una derivada de sus becas, otra de una alianza. Por supuesto, sucedió lo que tenía que suceder: fue poca gente, hubo muchas sonrisas.

Pero a veces suceden cosas. Como en la noche del 1 de diciembre de 2016, cuando la artista Beatriz Eugenia Díaz acudió a la segunda puesta pública en menos de una semana del libro dedicado a su obra en la Colección Artistas Colombianos. Más que otra muestra de autopublicidad ansiosa, allí se trató de un mini-acting out que siguió un camino menos básico que el de la agresión contra el cúmulo de hojas escritas y/o compiladas por su autor, William Contreras.

Es decir, a un libro que antes del hecho que se comenta eran tres cuerpos rigurosamente separados –el que replica el método de la Escuela de Teoría de Arte de la Universidad de los Andes (1ra. mitad: análisis; 2da. Parte: anexos documentales+entrevista+línea de tiempo); el que catequiza sobre la inefabilidad de la experiencia artística; el que rescata el poco analizado documento escrito por la artista para la Conferencia Mundial de Educación Artística de la UNESCO en 2006–, se sumó otro, relacionado con la no-reificación y su actualización en obra. De hecho, ese gesto estuvo acompañado por la redacción de dos comentarios (1).

Hubo quienes vieron en ello un motivo de celebración. Para el patafísico Mauricio Cruz, esa publicación consolidaba la llegada de un nuevo autor al inestable campo de la escritura sobre arte en el país, a su vez saludaba la edición de una lectura de mediano aliento alrededor de la obra de una artista bastante cuidadosa de su intimidad y más de su acto creativo. La emoción se transmitió en su muro personal al día siguiente de la incineración en los siguientes términos:

William Contreras Alfonso y Beatriz Eugenia Díaz quemando ‘la raíz de la unidad’ [sic], uno de esos milagritos curatoriales que sucede cada milenio en donde logra transparentarse, por fin, el ejercicio de la mediación entre los arcanos inescrutables de lo que sucede en la siquis [sic] simbólico-matemática de una artista (elusiva ella) y la inteligencia de un curador en ciernes (pues apenas estrena barbas) que supo escoger el equipo, las palabras y el método para llevar a feliz término la labor de mostrarle al público en qué consiste el cuento aquel del arte y sus muy arrevesados vericuetos. un éxito que aquí celebran en un ritual antiguo de quema de libros, pues en lugar de momificar el texto (leído en tres sentadas de placer cristalino), lo convierte en puras cenizas esperando entrever el fénix de todo lo que sigue. me perdí la quema, la segunda, pues había estado en otra, perpetrada por la misma beatrice, donde quedó reducido a nada otro librito (catálogo de tarot bastante tonto y mal escrito). una lástima no haber estado con ustedes celebrando ese villancico. feliz navidad a todos! Recomendadísimo.”

Por su parte, Díaz hizo las preliminares a la cremación comentando diversas interpretaciones que en la cultura occidental poseen este tipo de acciones. Habló del pavor que simulan sentir ante él las personas políticamente correctas o del valor mágico de ese elemento: “no hay que olvidar que también fue Heráclito el que nos mostró –decía Díaz mientras ponía velas sobre el cuerpo de hojas–, que el universo está en constante estado de devenir… y entregar las cosas al fuego es parte de esa transformación.”

Al saludo cariñoso y la ritualización erudita, puede sumarse una lectura relacionada con el significado existencial que tendría para todo artista criado bajo el individualismo liberal, el ver publicada aún en vida la evaluación de su trabajo con pretensiones abarcadoras. En principio, se trata de una situación incómoda, donde expectativa y frustración van de la mano y en la que los encuentros posteriores de analista y artista se convertirán en obligados, solapados, necesarios o imperativos ajustes de cuentas. El problema es que, tal como se dan las relaciones humanas en nuestro conservatizado campo artístico, ese trámite se da por separado. De un lado, se queja el artista sobre la calidad del análisis; de otro, si se entera de los comentaros negativos, quien firmó la agrimensura se defenderá en voz baja. Incluso, de llegar encontrarse, ambos se darán la mano y seguirán su camino. Sucede lo que tiene que suceder: muchas sonrisas.

De igual manera, está la particularidad del hecho. Al convertir en cenizas un cuerpo analítico cuestionado, Díaz hizo de ello otra cosa. Como lo señalaba Cruz en el comentario citado, la artista ya sabe de estas acciones. Es decir, no actuó cegada por la ira ante el exceso interpretativo. Todo lo contrario, su actitud apuntaba hacia la búsqueda de más preguntas. Le puso fuego a las hojas de propalcote para extender la vida útil del examen que sufrió con el objetivo de que ellas fueran re-escritas, valga repetir, con fuego. Lo que sucedió esa noche no fue que Díaz simplemente tradujo la incomodidad que le causaron la re-fotografía de sus obras, la reelaboración piezas que ya habían sido destruidas, las extrañas ecuaciones diseñadas por el equipo autorial o la analidad estudiada de su primer lanzamiento.

Atendiendo al hecho de que ese tipo de exámenes cristalizan cierto tipo de producciones visuales, opuso su intervención en público a la posibilidad de la cosificación. Aprovechó para hacer arte con su crítica. Volvió a producir obra más o menos en los mismos términos en que ha realizado lo mejor de su trabajo: recuperó su tendencia a producir objetos destinados a su destrucción. Concluyó el esfuerzo de Contreras apropiándose de su trabajo, consumiéndolo para crear. Como el Heráclito de su referencia, quizá mientras quemaba repetía, “el universo está en constante estado de devenir… y entregar las cosas al fuego es parte de esa transformación.”

Libros sobre arte que son transformados en ceniza y, durante el proceso, vuelven al campo del arte. Un retorno que aquí recuperaba la necesidad de que algunas cosas se movilicen a riesgo de desaparecer. Por ello, seguramente, la acción tuvo lugar en medio de un plan a largo plazo denominado Proyecto de Muerte.

William Contreras

Raíz de la unidad

Colección Artistas Colombianos #11

Ministerio de Cultura

Bogotá

2016.

Notas:

1.- Valga decir que con ello (más la entrevista que se le hizo a su autor en la más reciente publicación del periódico Arteria y este articulito), se incrementó de paso su cotización en el ranking de libros más comentados en esa Colección. Hasta esta incineración, en ese sitial reinó inamovible Con Wilson… anotaciones, artistadas e incidentes (María Barón; Camilo Ordóñez, Ministerio de Cultura, Bogotá, Colección Artistas Colombianos, Tomo 3, 2013).

Guillermo Vanegas
En 2010 fundó Reemplaz0, donde realiza curadurías históricas y de arte contemporáneo. Fue curador de los 13 Salones Regionales de Artistas y del 44 Salón Nacional de Artistas. Trabajó en la Oficina de curaduría del Museo Nacional de Colombia y la Gerencia de artes de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. Recibió la Beca de investigación monográfica del Ministerio de Cultura de Colombia en 2015, el Premio Internacional de Crítica de Arte de la revista Lápiz en 2005 y Premio de Ensayo Crítico, otorgado por el I. D. C. T, ese mismo año. Desde 2007 se desempeña como profesor en varias universidades bogotanas. A partir de 2016 coordina la sala de exposiciones ASAB.
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