Si las paredes hablaran…

 

El grafiti no es un crimen, el grafiti no es violencia y hace meses, más exactamente desde 2017, me he explayado escribiendo y argumentando cómo esta práctica tampoco debería ser considerada arte. También me he metido con el desarrollo de esta cultura y sus participantes, mencionando a la rosca como un obstáculo contundente para quien quiera emerger en esto y la poca cabida que se da a rostros o nombres nuevos en diferentes eventos.

El grafiti definitivamente no es Hip Hop. En algún momento entre los años 70 y 80 debieron coincidir algunos grafiteros, raperos, DJs y breakers durante la conformación de la cultura como se conoce, pero cada uno de esos elementos funciona por sí sólo perfectamente y el acto de intervenir paredes es milenario, la cultura Hip Hop no tiene nada que ver ahí; aunque el grafiti puede sostenerse fuera de esta, existen estilos que se reconocen por sus (lo voy a decir así) “formas raperas”, que consisten en darle importancia a los colores y formas más que al mensaje, haciéndolos así más reconocidos, aunque con esto no se quiere decir que tanto punkos como metachos o rastas (qué sé yo) no puedan “rayar” bajo estos parámetros.

También, basado en la teoría existente sobre el tema del grafiti, he intentado plantear a través de textos y videos cómo existe una confluencia de diferentes formas de expresión callejera, lo que se demuestra en el uso de stickers, carteles, stencils, vinilos, aerosoles entre otras prácticas y usos de materiales que perfectamente pueden unirse en una sola cultura. Dentro de la del grafiti también tienen cabida formas en las cuales la estética y el estilo no son una búsqueda constante entre sus autores (como el grafiti barrista o el grafiti político).

Así, el grafiti es, sin lugar a discusión, esencialmente un acto político, sin importar la forma en que se lleve a cabo ni su legalidad o ilegalidad, pues su simple acción permite dar cuenta de una postura tomada por un individuo perteneciente a un contexto; esta última forma propone a la calle la lectura de mensajes explícitos que generalmente tienen un objetivo claro. En Colombia, el grafiti político inicia en las paredes de las universidades públicas con una cierta predominancia en la Universidad Nacional, las cuales son epicentros donde se congregan todo tipo de manifestaciones sociales, generalmente que competen a la educación. Entre los años 1961 y 1989, durante la Guerra Fría, mientras estaba en pie el Muro de Berlín, el mundo pudo presenciar una de las mayores manifestaciones de grafiti político de la historia y aún quedan vestigios de esto.

Las ideologías revolucionarias de las guerrillas en Colombia también promovieron el grafiti como forma de expresión subversiva para plasmar los pensamientos del pueblo. En los años 70, el grupo guerrillero M-19 se publicitaba de forma panfletaria a través de grafitis e incluso este grupo lo utilizó para someter a votación el ajusticiamiento del líder obrero José Raquel Mercado, delegando la decisión en las manos del pueblo, pudiendo elegir con un simple sí o no escrito en las paredes.

Actualmente el mundo está en el mayor auge del grafiti en todas sus formas y expresiones y el grafiti político no se queda atrás. La pintura en las paredes nunca falta (y nunca sobrará) entre cada manifestación social que exista, con mensajes mamertos pero certeros y contundentes.

Es cierto que el grafiti está más cerca de ser vandalismo que arte, o tal vez se tambalea sobre esa delgada línea que divide al uno del otro. El vandalismo es un acto violento y destructivo que arrasa con todo a su paso, desde paredes, vidrios, carros, rejas, mobiliario público, entre otros, pero el grafiti es y será la expresión vandálica más inocua que pueda ver la humanidad. La pintura es completamente indefensa, se tapa con más pintura o se limpia, se lava, se decora y no propone un daño permanente. El grafiti es, tal vez, el acto más honesto que se puede ver de un pueblo, es un texto público que no esconde nada, no habla con mentiras, no mata, no viola, pero por otro lado su censura es inmoral.

En la cultura Wayuu, existe un personaje conocido como palabrero, quien en cada familia era una figura política que constantemente abogaba por sus intereses, socialmente hablando. El asesinato de un palabrero era un “pecado” mortal para la familia y para esta cultura en general. El palabrero no tenía nada que ver con la escritura en la pared, pero si representa la palabra en toda su expresión, al igual que lo hace el grafiti. La censura del grafiti es un acto dictatorial, pues se está matando al palabrero del pueblo, se está callando el habla, se está silenciando la vox pópuli, que no siempre suena al unísono, pero que representa unos intereses generales.

En octubre del 2018 empezó un paro nacional de las universidades públicas y dentro de su manifestación, el grafiti se dejó ver en todo su esplendor. Es impresionante el poder y el control que tienen los medios masivos de comunicación, en Colombia los que tienen la batuta son Caracol y RCN, pertenecientes a grandes grupos empresariales, dueños de prácticamente todo el país, por lo que muchos eligen creerles a ellos. Entonces, cuando el pueblo encuentra la forma de expresarse, como con el grafiti, entran estos medios a atacarlo, satanizarlo y censurarlo, porque representa una forma subversiva de manifestarse y se salta algunas normas, como si la injusticia política no pasara por encima de los estudiantes o los campesinos, LGTBQ’s, maestros, indígenas, pobres, trabajadores etc., justamente dando pie a estas manifestaciones. El grafiti en general es censurado y prohibido en todo el mundo, y en muchos casos las reglas se hacen aplicar con sangre.

Yo comencé en el mundo del grafiti en abril del 2011 y en agosto del mismo año ya se empezaba a notar el rigor con el que se acalla al pueblo para los de este gremio. No llevaba ni un semestre pintando en las calles cuando comenzó a sonar por todos los medios que mataron a Tripido, un colega al que nunca conoceré, lamentablemente. Curiosamente, este asesinato a sangre fría ocurrió bajo el primer periodo presidencial de Juan Manuel Santos, quién se movió en la política como un peón del temible Álvaro Uribe Vélez. ¿Falso positivo?, ¿dónde? A raíz de eso, comencé una mini campaña que promovía entre mis conocidos y colegas del medio en la que proclamaba “El aerosol no es un arma” a través de stickers y estampados. Y es cierto, el aerosol no es un arma, no te mata, no te violenta, es una herramienta que te permite escribir y expresarte donde no cualquiera lo hace, y si, genera incomodidad, genera fastidio y en muchos casos, genera contaminación visual (por no hablar de la contaminación del aerosol), pero ese es justamente el sentido del verdadero grafiti, que moleste, que se sienta contundente, que se vea como algo fuera de lugar, nada de guerra de estilos, ni can-control (manejo del aerosol), sin territorialidades, es como una bofetada en la jeta de los “ciegos”, como diría el rapero N. Hardem, “suprimimos la basura con pintura en spray”.

¿Qué los grafiteros son vándalos? En efecto, pero estos vándalos no roban ni matan. Después, a mediados de 2018, justo cuando ya se sabía que el presidente sería Iván Duque, un tipo del que nadie tenía ni idea, pero que se supo de inmediato que sería simplemente una nueva fachada para Uribe, en Medellín, en las vías de su amado metro, ocurrió algo que, honestamente, dudo que se haya tratado de un accidente y es que tres integrantes del grupo de grafiti V.S.K. fueron atropellados por uno de los trenes, casi tan raro como que en el 2011 un policía confunda un aerosol con un arma. Insisto: ¿falsos positivos?

Los medios tienen el absurdo poder de controlar el pensar y el sentir de su propio pueblo, mismo pueblo que odia el alza de las tarifas de Transmilenio, que odia los huecos en sus calles, que odia la inseguridad, que odia el maltrato a la mujer, que sabe y odia la forma en que los dirigentes del país nos atracan de frente y cagados de la risa, pero que se olvida de todo eso cuando los grafiteros “atacan” y hacen lo suyo, escribiendo la verdad en las paredes de todos, paredes que a RCN radio no les costó (seguramente) ni mierda pintarlas, o paredes de buses de Transmilenio de segunda mano, fabricados con partes de buses viejos de cualquier parte del mundo, disfrazados de metro.

El grafiti podría ser la forma más honesta que podamos encontrar para expresarnos, sin permisos, sin roscas, sin aprobaciones sociales, sin esperar nada de nadie, sin convocatorias arregladas ni estímulos chimbos.

El aerosol no es un arma, el grafiti no es un crimen.

Felipe Chaves Granada
(Bogotá, 1991) Eterno estudiante. Criticón de la vida, las personas y el arte. Cree en eso del “amor al arte”. Ha participado en diferentes exposiciones colectivas por presión académica. Ilustrador, artista urbano y tatuador por amor.
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