Hip Hop al Parque: Más ratas que rap

El Hip Hop (HH) se ha convertido en la herramienta de expresión por excelencia. Y lo es para muchos teniendo en cuenta el poderoso impacto de sus 4 elementos principales: el RAP, el grafiti, el breakdance y el DJing. Es una cultura que nació en las calles de New York gracias a las comunidades negras e inmigrantes.

Todo comenzó a finales de los años 60 pero terminó de consolidarse 10 años después, hacia finales de los 70. En ese momento todo giraba en torno a la música; el RAP nace de la mezcla de los sonidos y ritmos afroamericanos como el blues y el jazz, introduciendo una armonía más callejera, acelerando la batería y agregando sonidos experimentales que salían de rayar los vinilos, trabajo que hace el DJ.

Ciertamente, esta cultura representa con creces la necesidad de llevar un mensaje a la sociedad, sobre todo porque muchos se ven identificados con sus ritmos, sus letras o sus estéticas visuales, logrando así una conexión entre ellos. Así mismo, ha florecido y evolucionado de manera impresionante. Sus representantes han comenzado a adquirir conocimientos que en sus inicios no pasaban de la práctica libre y el empirismo: raperos y DJs estudian la música, grafiteros estudian las artes visuales y B-boys estudian la danza; de esta manera, pueden perfeccionar sus técnicas y enriquecer al HH como movimiento.

Pero el HH ya no es exclusivo de quienes vienen de los estratos más bajos, sino que también puede ser retomado en alguno de sus elementos por cualquier persona que tenga algo qué contar. Por lo mismo, esta se ha convertido prácticamente en la bandera más representativa para hablar de la pobreza, la miseria y el racismo, entre otros males. Si de culturas urbanas se habla, así como el Punk es el representante del proletariado europeo, las clases bajas de una sociedad, al sentirse tan ligadas a este tipo de movimientos pueden generar ciertas problemáticas. En general, las letras del RAP problematizan de manera cruda cómo funciona el “bajo mundo” en la ciudad. Esas letras, en muchos casos, son escuchadas por personas jóvenes (casi siempre) que se identifican con esas experiencias y formas de vida. Con esto quiero decir que, aunque esta música no sea exclusiva de personas que opten por la criminalidad como un trabajo de tiempo completo, es certero mencionar que el RAP mantiene un público numeroso perteneciente a lo que podría denominarse como el hampa.

Esto genera una discusión y un problema aún mayor: la segregación. La “gente del común” no entiende (ni tiene porqué hacerlo) cómo funcionan los códigos que se dan dentro de una cultura. Estos códigos pueden verse reflejados en la vestimenta, la práctica social, la organización de grupos, ideologías, entre otros. Por lo tanto, en este caso se suele asociar una estética visual a un problema social, es decir, se crean estereotipos. En pocas palabras, por unos pocos pagan todos.

Es verdaderamente problemático que se asocien ciertas actitudes a una estética visual que se ha cultivado, en ocasiones, de manera negativa. No todos los punks son vándalos, anarquistas y borrachos; no todos los metaleros son satánicos; no todos los reggaseros son mariguaneros; y, definitivamente, no todos los raperos son ladrones. Y viceversa: no todos los ladrones escuchan RAP. Pero, ¿quién se pone a explicarlo? Nadie. Nadie nunca se va a tomar la molestia de entender que utilizar ropa ancha, zapatos grandes y gorras planas no lo hace a uno un atracador (al igual que los tatuajes tampoco) ¡hey! Y eso que estamos en pleno Siglo XXI.

Es cierto que el uso de tatuajes se ha asociado al crimen desde tiempos remotos. Gracias a la creatividad de los presos en las cárceles y a las mafias en el mundo, sobre todo las orientales, en Asia esto es un tabú grandísimo: como muchos países asiáticos son particularmente espirituales y simbólicos, llevar tatuajes mientras se pertenece a alguna mafia da cierto estatus dentro de la misma. Pero también crea temor dentro de una sociedad común y corriente. Esto sin contar con que la estética de los tatuajes orientales es limpia y elegante.

Ahora bien, ¿qué hay de los Maras Salvatrucha? El uso de tatuajes por parte de este grupo de Centroamérica seguramente también es simbólico. Pero también es mucho más violento en su forma de ver: deja de ser elegante y se convierte en una estética grotesca y temible. De este estilo se derivan los “cholos” en México y la distinción visual de algunas pandillas chicanas en Los Ángeles. Gracias a esto se crean estereotipos que se insertan en el imaginario de las personas y el modo como leen a ciertos individuos y su respectiva pertenencia a alguna cultura urbana.

Es la cultura de la televisión e internet lo que impide que las personas se salgan de sus propios tabúes estereotípicos. Por ejemplo, HBD, rapero peruano que trabaja desde su propio canal de Youtube “Detodoy rap”, alguna vez hizo un experimento en el que se comparaban letras de RAP con poemas reconocidos y algunos personajes en la calle debían adivinar cuál era cual. Como era de esperarse, la contaminación que generan los medios masivos logra que quienes no conocen sobre cierto aspecto, decidan pensar lo peor de él y de la música que elige, en este caso, el RAP.

Tristemente, hablando de estereotipos en el HH, estos son bien fundamentados: que el hampa sea parte importante del público que escucha esta música significa que, aunque no todos los que se vistan como raperos sean atracadores, muchos si lo sean. Bien o mal, estos códigos de apariencia son los que de alguna manera configuran un imaginario en la ciudad y así mismo, el modo de transitarla y habitarla. Un transeúnte común sabe reconocer estos códigos y utilizar esa información como medio de supervivencia. Es decir, que los estereotipos pueden constituir ideales de los personajes en una ciudad, como los indigentes, por ejemplo, quienes representan la decadencia de una sociedad y generalmente se asocian a uno de los escalafones más bajos de la misma, ligándoseles al consumo de drogas y la comisión de crímenes. Un ciudadano promedio sabe cómo luce y se manifiesta un indigente, y por aprendizaje cultural, los evade o reconoce peligro cuando estos se aglomeran.

En 1996, mientras Antanas Mockus aún se encontraba en la alcaldía, llega a la ciudad de Bogotá uno de los eventos de HH más grandes de Latinoamérica: Hip Hop Al Parque. En sus inicios, el evento mostraba presentaciones de RAP, pero una vez fue haciendo visible la cultura HH, se fueron incorporando diferentes shows de breakdance, DJing y grafiti. Para muchos es un evento brutal, un espacio de esparcimiento donde se puede ser libre por unas cuantas horas y donde se pueden reunir mentalidades parecidas que giran en torno a esta cultura.

Al ser un evento realizado y patrocinado por el gobierno distrital, la rosca nunca está de más: las diferentes convocatorias que se realizan para el evento, así como la acreditación de medios, presentaciones de grupos de RAP (no invitados), la realización del afiche, o las muestras de grafiti siempre tienen involucrados a los mismos de los mismos. Es decir, a los amigos de los amigos. En el caso de las muestras de grafiti que se ofrecen en el marco del evento, estas permanecen controladas por la élite de la Mesa Distrital de Grafiti. Siempre serán ellos los que escojan a sus “favoritos”, y así sucesivamente para el resto de las participaciones. Además de que pueda haber corrupción y rosca; este tipo de acciones, en ocasiones, genera detrimento en la calidad del festival, sobre todo en la logística, que aplica para toda la organización de la jornada.

Teniendo en cuenta algunos aspectos negativos que se configuran alrededor del festival Hip Hop Al Parque, como la corrupción de su organización, se le suma la constante asistencia de personajes que en realidad no buscan disfrutar del evento, sino que, por el contrario, buscan fastidiar los pocos momentos agradables que se puedan tener entre tanto humo y grupos malos, ya que simplemente van allí para atracar. Es curioso, en la entrada, como la policía sabe qué clase de gente se mete a estos eventos, las requisas son infinitamente fastidiosas, hurgándole a uno cada zapato, cada media, cada gorra, cada bolsillo, y sin embargo, los mariguaneros logran entrar baretos gigantescos que seguramente huelen a mierda (porque donde más se los van a meter) y segundo, los ladrones también logran entrar grandes armas (cuchillos) para hacer de las suyas.

En conclusión, listo, es un asco el constante juicio estereotípico al que se enfrenta uno en la calle por verse “medio ñero”; pero uno sabe que hay bastantes ñeros de verdad que sí se visten como uno. No obstante, la verdadera conclusión es que gracias a tanta rosca y tanto ñero atracador que se mete a Hip Hop Al Parque, no quedan ganas de asistir al evento para simplemente ver un par de grupos que medio aguantan y, al mismo tiempo, mantener con paranoia y miedo por la vida propia todo el tiempo.

Felipe Chaves Granada
(Bogotá, 1991) Eterno estudiante. Criticón de la vida, las personas y el arte. Cree en eso del “amor al arte”. Ha participado en diferentes exposiciones colectivas por presión académica. Ilustrador, artista urbano y tatuador por amor.
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